19 de marzo.
Me ha parecido ver en tu carta tanta angustia
fraternal contenida, que he creído mi deber romper
mi silencio. Te escribo en plena posesión de mi
presencia de ánimo y no como un loco; como el
hermano que tú conoces.
Esta es la verdad; un cierto número de personas
de aquí ha dirigido al alcalde (creo que se llama
Tardieu) una nota (había más de 80 firmas)1
señalándome como un hombre indigno de vivir en
libertad o algo por el estilo.
El comisario de policía o el comisario central,
entonces, ha dado orden de que me volvieran a
internar.2
1 Ver nota de pág. 75.
2 El Dr. Rey estaba ausente.
Con que ya llevo aquí muchos días encerrado
bajo llaves, cerrojos y guardianes en el manicomio,
sin que mi culpabilidad esté probada o sea probable.
No hace falta decir que en el fuero interno de mi
alma tengo mucho que replicar a todo esto. Ni
tampoco que yo no podría enfadarme y que
excusarme en semejante caso me parecería una
autoacusación.
Sólo advertirte para que me liberes -comienzo
por no pedirlo, ya que estoy persuadido de que toda
esta acusación quedará reducida a nada.
Solamente digo que para liberarme lo
encontrarás difícil. Si yo no contuviera mi
indignación me juzgarían inmediatamente como un
loco furioso. Esperemos pacientemente; por otra
parte, las emociones fuertes no harían más que
agravar mi estado.
Por eso te induzco por la presente a que les
dejes hacer sin mezclarte.
Tente por advertido de que sería quizás
complicar y embarullar las cosas.
Con más razón, ya comprenderás que yo aun
estando completamente calmo en un momento
dado, puedo recaer fácilmente en un estado de
sobreexcitación por nuevas emociones morales.
Ya podrás suponer hasta qué punto ha sido esto
para mí como un mazazo en pleno pecho, cuando
he visto que había tantas personas aquí que eran lo
bastante cobardes para meterse en gran número
contra uno solo y enfermo.
Bueno -así quedas enterado; en cuanto a lo que
concierne a mi estado moral, me siento fuertemente
quebrantado; pero recobro asimismo una cierta
serenidad para no enfadarme.
Además, la humildad me conviene, después de
la experiencia de los ataques repetidos. Por lo tanto
no pierdo la paciencia.
Lo principal, no me cansaré, de decírtelo, es que
tú también conserves la calma y que nada te turbe en
los negocios. Después de tu boda, podemos
ocuparnos de poner todo esto en claro; y mientras
tanto, ¡A fe mía!... déjame aquí tranquilamente.
Estoy convencido de que el señor alcalde, así como
el comisario, son más bien amigos y que harán todo
lo que esté a su alcance para arreglar esto.
Aquí, salvo la libertad, salvo muchas otras cosas
que, además desearía, no estoy del todo mal.
Les he dicho, por otra parte, que no estábamos
en condiciones de sufragar los gastos; luego, ya
llevo tres meses sin trabajar y ten en cuenta que
hubiera podido hacerlo si no me hubieran
exasperado y molestado.
¿Cómo están nuestra madre y hermana?
No teniendo otra cosa para distraerme -se me
prohibe hasta fumar, cosa que, sin embargo, está
permitida a los demás enfermos -; no teniendo otra
cosa que hacer, pienso en todos aquellos que
conozco, durante todo el día y toda la noche.
Qué miseria -y todo esto, por así decir, por
nada.
No te oculto que hubiera preferido morir, que
causar y sufrir tantas molestias.
¿Qué quieres? Sufrir sin quejarse es la única
lección que hay que aprender en esta vida.
Ahora, con todo esto, para reanudar mi tarea de
pintar, tengo naturalmente necesidad de mi taller, de
muebles, que en verdad no tendríamos con qué
renovarlos en caso de pérdida. Ya sabes que mi
trabajo no me permite estar reducido de nuevo a
vivir en un hotel, es preciso que tenga mi lugar fijo.
Si las buenas gentes de aquí protestan contra mí,
yo protesto contra ellos; y no tienen más remedio
que resarcirme de los daños y perjuicios
amistosamente; no tienen más que devolverme, en
fin, lo que perderé por su falta e ignorancia.
Si -supongamos - me volviera loco tranquilo,
cierto, no digo que sea imposible; habría en todo
caso que tratarme de otra manera, devolverme el
aire, mi trabajo, etcétera.
Entonces -¡a fe mía!-... me resignaría.
Pero aún no hemos llegado a eso y si hubiese
conservado mi tranquilidad hace mucho tiempo que
me hubiera repuesto.
Me regañan por lo que he fumado y bebido;
bueno, pero ¿qué quieres? Con toda la sobriedad,
no me producen en suma más que nuevas miserias.
Mi querido hermano lo mejor es quizás
ridiculizar nuestras pequeñas miserias y también un
poco las grandes de la vida humana. Toma tu
resolución como hombre y no pierdas de vista tu
objetivo. Nosotros, artistas en la sociedad actual, no
somos más que cántaros quebrados. Cuánto
desearía poder enviarte mis telas; pero todo está
bajo llaves, cerrojos y guardias. No trates de
liberarme; esto se arreglará solo; advierte sin
embargo a Signac1 que no se mezcle, porque meterá
la mano en un avispero -hasta que yo escriba de
nuevo. Te estrecho la mano muy cordialmente;
saluda a tu novia, y a nuestra madre y hermana.
Si estas emociones continuas e inesperadas, se
fueran repitiendo, podrían cambiar un
quebrantamiento mental pasajero y momentáneo en
enfermedad crónica.
Estoy seguro de que si nada interfiriera hoy
sería capaz de hacer el mismo trabajo, y quizás
mejor, en los vergeles de lo que he hecho el año
pasado.
Ahora seamos firmes hasta donde sea posible y,
en suma, no nos dejemos pisotear demasiado.
Desde el principio, he tenido aquí una oposición
maligna. Todo este ruido hará mucho bien,
naturalmente, al «impresionismo», pero tú y yo
personalmente sufriremos por un montón de
canallas y cobardes.
1 En una carta del 16 de marzo, Théo escribe a Vincent que le pedirá a
Paul Signac, que sale para Midi, que se detenga en Arlés. A pesar de la
negativa de Vincent, Signac intercede y el 24 de marzo consigue pasar
un día con Van Gogh.
jueves, 10 de enero de 2008
19 de Marzo Angustia
en 7:39
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