Principios de abril de 1889.
Me encuentro muy bien desde hace unos días,
salvo un cierto fondo de vaga tristeza difícil de
definir -pero en fin - más bien he cobrado fuerzas
físicas, en lugar de perderlas, y trabajo.
Tengo justamente sobre el caballete un vergel de
melocotones al borde de un camino, con los
pequeños Alpes al fondo. Parece que en el Fígaro ha
salido un buen artículo sobre Monet; Roulin lo
había leído y se había impresionado, decía.
Felizmente, el tiempo es bueno y el sol radiante;
y la gente de aquí no tarda en olvidar
momentáneamente todas sus penas y resplandece de
animación y de ilusiones.
He releído estos días los Cuentos de Navidad de
Dickens, donde hay cosas profundas que conviene
leer a menudo; tienen enormes conexiones con
Carlyle. Roulin, aunque no sea ni remotamente lo
bastante viejo para ser para mí como un padre, tiene
sin embargo severidades silenciosas y ternuras
como las tendría un viejo soldado para un novato.
Siempre -pero sin una palabra - un no sé que,
que parece querer decir: no sabemos que nos
sucederá mañana; pero sea lo que sea, piensa en mí.
Y esto ayuda cuando viene de un hombre que no es
ni agrio, ni triste, ni perfecto, ni feliz, ni siempre
irreprochablemente justo. Pero tan buen muchacho
y tan cuerdo y tan inquieto y tan creyente. Escucha,
no tengo derecho a quejarme de cualquier cosa de
Arlés, cuando pienso en algunos que he visto y que
nunca podré olvidar.
Signac me ha pedido que vaya a encontrarme
con él en Cassis; pero visto que aun sin esto ya
tenemos bastantes gastos, cualquier cosa que yo
haga o que tú hagas, no nos lo permiten nuestros
medios.
21 de abril de 1889.
Para fin de mes desearía ir otra vez al hospicio
de Saint-Rémy o a otra institución de este género, de
la cual el Sr. Salles1 me habló. Excúsame de entrar
en detalles, para hablar exclusivamente del pro y el
contra de una mudanza de ese tipo.
Hablar de eso me va a traer dolores de cabeza.
Creo que bastará que te diga que me siento
decididamente incapaz de recomenzar, de reinstalar
un nuevo taller y de quedarme solo aquí, en Arlés o
en otra parte; sigue siendo igual por ahora; he
tratado de habituarme a la idea de recomenzar; sin
embargo, por el momento no es posible.
Tendría miedo de perder la facultad de trabajar,
que retorna ahora, forzándome, y cargando, además,
con todas las otras responsabilidades encima, de
tener un taller.
Y temporalmente deseo quedar internado; tanto
para mi propia tranquilidad, como para la de los demás.
1 El Sr. Salles es el pastor que se ocupa de van Gogh desde el
momento en que se corta la oreja.
Lo que me consuela un poco es que comienzo a
considerar la locura como una enfermedad como
cualquiera otra y acepto la cosa como tal; mientras
que, en las crisis mismas, me parecía que lo que
imaginaba era la realidad. En fin, justamente no
quiero pensar ni hablar de ello. Permíteme evitar las
explicaciones; pero a ti. a los Sres. Salles y Rey les
pido que para fin de mes o para los comienzos del
mes de mayo me admitan allá como pensionista
internado.
Recomenzar esta vida de pintor como hasta
ahora, aislado luego en el taller y sin más recurso
para distraerse que ir a un café o a un restaurante,
con toda la crítica de los vecinos, etc... yo no puedo;
ir a vivir con otra persona, aunque fuera otro artista
-difícil, muy difícil - es tomar sobre sí una
responsabilidad demasiado grande. No me atrevo ni
siquiera a pensarlo.
En fin, comencemos por 3 meses; después
veremos; la pensión debe ser alrededor de 80
francos y me dedicaré un poco al dibujo y a la
pintura, sin poner tanto ardor como el año pasado.
No te apenes por todo esto. Ocurre que estos días,
desocupar la casa, transportar todos mis muebles,
embalar las telas que te enviaré, era todo muy triste;
pero me parecía más triste todavía después de tanta
fraternidad, todo esto me lo habías dado tú y
durante tantos años eras tú solo el único que me
sostenía, y al final tener que repetirte toda esta triste
historia; pero me es muy difícil expresar lo que
sentía entonces. La bondad que has tenido conmigo
no se ha perdido, pues si la tuviste, queda; así que,
aun cuando los resultados materiales fueran nulos,
aún con más razón te queda; pero no puedo decirlo
como lo sentía.
Ahora, ya comprenderás que si mi locura ha
venido por culpa del alcohol, habrá sido muy poco
a poco y también se irá muy poco a poco, en caso
de que se vaya, por supuesto. O si vino por fumar,
pues lo mismo. Eso es lo único que deseo -la
curación - sin la asombrosa superstición de ciertas
personas respecto del alcohol, de manera que ellas
mismas se privan de beber y fumar.
Empiezan por recomendarnos que no
mintamos ni robemos, etc.. ni cometamos crímenes
grandes o pequeños, y qué complicado sería si fuera
absolutamente indispensable no poseer nada mas
que virtudes en una sociedad en la cual estamos
indudablemente muy enraizados, sea buena o mala.
Te aseguro que en estos extraños días, en que
tantas cosas me parecen grotescas porque mi
cerebro está agitado, no logro detestar al tío
Panglos. Pero me harás el favor de tratar la cuestión sin
rodeos con el señor Salles y el señor Rey.
Me parece que con una pensión de unos setenta
y cinco francos por mes debe haber forma de
internarme, y tener todo lo necesario.
Después me gustaría mucho, si fuera posible,
poder salir durante el día para ir a dibujar o pintar
afuera. En vista de que aquí salgo todos los días y creo
que esto puede continuar.
Pagando más, te advierto que seré menos feliz.
La compañía de otros enfermos, creo que lo
entiendes, no me es desagradable del todo; por el
contrario, me distrae.
La alimentación común me viene muy bien
sobre todo si me dieran un poco más de vino allá,
como aquí, de lo que acostumbran: medio litro en
lugar de un cuarto, por ejemplo.
Pero una habitación individual, falta saber cómo
serán los reglamentos de una institución como ésta:
Piensa que Rey anda sobrecargado de trabajo;
sobrecargado; si él te escribe o el señor Salles, vale
más hacer directamente lo que ellos digan. En fin, es
preciso decidirse, querido Théo; las enfermedades
de nuestro tiempo -no son en suma más que un acto
de justicia, si hemos vivido años de salud
relativamente buena, tarde o temprano nos ha de
tocar nuestra parte. En cuanto a mí, comprenderás
que no habría escogido precisamente la locura si
hubiera podido elegir, pero cuando a uno le cae una
carga semejante, ya no pesca nada más. Al menos,
quizás me quede también el consuelo de continuar
trabajando un poco en la pintura.
¿Cómo harás para no hablarle a tu mujer, ni
bien ni mal, de París y de ciertas cosas? ¿Te sientes
de antemano completamente capaz de guardar la
justa medida siempre, desde cualquier punto de
vista? Un firme apretón de manos; no sé si te
escribiré muy, muy seguido, porque todos mis días
no son bastante lúcidos como para escribirte con un
poco de lógica. Todas tus bondades para conmigo las he
encontrado hoy más grandes que nunca; no lo
puedo decir como lo siento, pero te aseguro que esa
bondad ha sido de buena ley y si no ves los
resultados, mi querido hermano, no te apenes por
esto; te quedará la bondad.
Solamente, vuelca este afecto sobre tu mujer
tanto como te sea posible. Y si nos entendemos un
poco menos verás que si ella es tal como creo, te
consolará. Eso es lo que espero. Rey es un hombre
muy dispuesto, terriblemente trabajador, siempre
atareado. ¡qué gente, los médicos de hoy!...
Si ves a Gauguin o si le escribes, dile muchas
cosas de mi parte. Me alegraría mucho tener algunas
noticias de lo que dices de mi madre y de mi
hermana; y si se encuentran bien, diles que tomen
mi historia -¡a fe mía!... como algo por lo que no
deben afligirse desmedidamente, porque soy
relativamente desgraciado, pero quizás me queden
todavía, a pesar de esto, algunos años casi normales
en perspectiva. Es una enfermedad como cualquier
otra y actualmente casi todos los que conocemos
como nuestros amigos, tienen algo. Así pues, ¿vale
la pena hablar? Lamento causar molestias al señor
Salles, a Rey, y sobre todo a ti pero ¿qué quieres?, la
cabeza no tiene aplomo suficiente para recomenzar
como antes -entonces se trataba de no provocar
más escenas en público y naturalmente, un poco
calmado ahora, siento de pronto que estaba en un
estado malsano, moral y físicamente. Y la gente se
portó bien conmigo; los que me vienen a la memoria
y los otros; en fin, he causado inquietud y si
hubiera vivido en una situación normal todo esto
no hubiera tenido lugar. Adiós; escribe cuando
puedas.
Todo tuyo.
Vincent.
He ido a ver al señor Salles con tu carta para el
director del asilo de Saint-Rémy1, y él va hoy mismo;
así que espero que para fin de semana ya quede todo
arreglado. No me sentiría infeliz ni descontento, si
dentro de algún tiempo pudiera engancharme en la
legión extranjera por 5 años (creo que admiten hasta
los 40 años). Mi salud, desde el punto de vista físico,
va mejor que antes y quizás me sentara bien, además
de hacer un servicio. En fin, yo no digo que se deba
o pueda hacer esto sin reflexionar ni consultar a un
médico; pero en fin, es preciso tener en cuenta que
1 Van Gogh sigue obsesionado con la ayuda económica que le da
Thèo, y Théo teme que la decisión de su hermano esté condicionada
por este factor. Théo le escribe mandándole una carta para la dirección
de ese establecimiento y le envía dinero.
cualquier cosa que hagamos saldrá siempre un poco
menos bien que ésta.
Desde luego todavía no; mientras vaya tirando,
me quedará el pintar o dibujar, cosa que por cierto
no rechazo del todo.
Para ir a París o para ir a Pont-Aven, no me
siento capaz; además me paso la mayor parte del
tiempo vacío de deseos o de pesares.
Por momentos, así como contra los sordos
acantilados se estrellan desesperadas las olas, siento
una tormenta de deseo de abrazar, tal vez, una
mujer de la clase puta barata; pero en fin, hay que
tomar todo esto por lo que es, un efecto de
sobreexcitación histérica más bien que visión de
exacta realidad...
¡Ah! ... mi querido Théo, ¡si vieras los olivos en
esta época! ... El follaje de plata vieja verdeando
contra el azul. Y la tierra labrada, de un tono
anaranjado. Es algo muy distinto de lo que se piensa
en el Norte; ¡algo tan fino, tan distinguido!
Es como los sauces de nuestras praderas
holandesas o los macizos de encinas de nuestras
dunas; es decir, que el murmullo de un vergel de
olivos tiene algo de muy íntimo, de inmensamente
viejo. Es demasiado bello para que yo me atreva a
pintarlo, o pueda concebirlo. El laurel rosa -¡ah!- es
algo que habla de amor y es hermoso como el
Lesbos de Puvis de Chavannes, donde estaban las
mujeres a la orilla del mar. Pero el olivo es otra
cosa; es, si se lo quiere comparar con algo, un
Delacroix.
jueves, 10 de enero de 2008
Abril de 1889 Vaga tristeza
en 7:46
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