Agosto de 1889.
Ayer me puse otra vez a trabajar un poco –algo
que veo desde mi ventana - un campo amarillo en
plena labor; la oposición de la tierra labrada
violácea con las fajas de rastrojo amarillo, fondo de
colinas. El trabajo me distrae infinitamente más que
cualquier otra cosa y si pudiera, cuando ya me sienta
bien, dedicarme de lleno con toda mi energía, sería
posiblemente el mejor remedio.
La imposibilidad de tener modelos, un montón
de otras cosas, sin embargo, me frenan.
2 Otro de los comentarios irónicos de van Gogh al referirse a
Charenton, lugar donde se encontraba el principal manicomio francés.
En fin, debo ir aceptando las cosas con cierta
pasividad y he de tener paciencia.
Septiembre de 1889.
Mi viejo, mi buen amigo, no olvidemos que las
pequeñas emociones son los grandes capitanes de
nuestras vidas y que las obedecemos sin saberlo.
Aunque recobrar el valor ante las faltas cometidas o
por cometer sería mi curación, no olvidemos que
tanto nuestros «spleens» y melancolías, como
nuestros sentimientos de bondad y de sentido
común, no son nuestros únicos guías, ni, sobre
todo, nuestros guardianes definitivos y que aunque
tú también te encuentres frente al riesgo de duras
responsabilidades, o una obligación, ¡a fe mía!... no
nos ocupemos demasiado el uno del otro, ya que,
fortuitamente, las circunstancias de vivir en estados
de cosas tan alejadas de nuestros conceptos de juventud
sobre la vida de artista, nos habrán de
hermanar con lo si fuéramos, bajo muchos aspectos,
compañeros de aventura. Las cosas se mantienen de
tal forma, que aquí a veces se encuentran cucarachas
en el comedor, como si se estuviera verdaderamente
en París; por el contrario, podría suceder que en
París tuvieras a veces una verdadera sensación de
campo.
No viene a ser una gran cosa, pero en fin, es
tranquilizante. Acepta, pues, tu paternidad como la
aceptaría un buen hombre de nuestras viejas
florestas, las cuales, a través de todo el ruido,
tumulto, bruma y angustia de las ciudades todavía
nos son -por tímida que sea nuestra ternura -
inefablemente apreciables. Es decir, acepta tu
paternidad en tu calidad de exiliado, de extranjero y
de pobre, basándote en lo sucesivo con el instinto
del pobre en la probabilidad de la existencia
verdadera de la patria, de la existencia verdadera del
recuerdo, aun cuando todos los días lo olvidemos.
Total, tarde o temprano encontramos nuestra suerte;
pero en verdad, para ti, como para mí, sería un poco
hipócrita olvidar nuestro buen humor, nuestro
confiado dejar correr las cosas como pobres
diablos, tal como seremos en este París ahora tan
extraño y que pesará demasiado sobre nuestras
preocupaciones.
En verdad, estoy muy contento de que mientras
aquí a veces hay algunas cucarachas en el comedor,
en tu casa hay mujer y niño.
Por otra parte, es tranquilizante que, por
ejemplo, Voltaire, nos permita la libertad de no
creer absolutamente en todo lo que imaginemos.
jueves, 10 de enero de 2008
Agosto 1889 Campo Amarillo
en 8:12
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